Al despertarme y ponerme delante del ordenador oigo los gallos avisándome que pronto saldrá el sol. Durante la mañana a veces escucho balar al ganado cuando pastan cerca. En ocasiones, incluso me han hecho llegar tarde a algún sitio porque estaban en medio del camino.😅 Todos mis vecinos están jubilados. Al coche le salen unas telarañas enormes de un día para otro. Hacía tiempo que no veía mariposas. A media mañana me como una fruta cogida directamente del árbol. Tenemos una hamaca colgante y se ha convertido en mi sitio favorito para leer. Me he iniciado en el huerto y he plantado tomates (no me han salido 🤦♀️). Suelo tener las uñas llenas de tierra. Llevo más de un mes duchándome al aire libre. Cuando voy a la ciudad todo me parece más ruidoso. Hacía muchos años que no me ponía tan morena sin tomar el sol. Por la noche solo se oye el silencio (y sonidos de animales).
Podría seguir, pero ya te haces una idea. Son solo pequeños detalles, pero que sumados hacen que vivir aquí, entre naranjos, nos valga la pena.
Tal vez por eso estar viviendo en el campo es algo con lo que mucha gente sueña despierta. Si además les dices que estás a poco más de un kilómetro del mar entonces ya quieren que los adoptes.
Sin embargo, pocos son los que se atreven a dar el paso. Nosotros no le dimos muchas vueltas, pero una pandemia ayuda a tomar esta clase de decisiones.😜
Empezamos a buscar alguna casita que se adaptara a nuestras necesidades y presupuesto, se alinearon los astros y conseguimos dar con ella. Reformarla, bautizarla («El Rancho»), vender nuestro piso y mudarnos nos costó menos de nueve meses.
Desde entonces, salir por la puerta y estar en el campo es nuestro día a día. Falta mucho que arreglar todavía fuera de la casa (¡tenemos más planes que dinero!), pero como decimos por aquí, poquet a poquet.
Por otra parte, nuestro hijo Iago, que tiene ahora mismo dos años y medio, puedo asegurar que está contento aquí. Le encanta cosechar tomates cherry y las pocas fresas que nos han salido se las ha comido todas él. Y yo feliz.
Por no hablar de la piscina. Desmontable, eso sí.
Inconvenientes insalvables
Para mí, el mayor inconveniente es la distancia hasta Castellón y la obligación de coger el coche siempre. Aún así seguro que cualquiera que viva en una gran ciudad se reiría de ella (son solo seis kilómetros hasta el centro). Aunque yo tengo la suerte de teletrabajar así que ni siquiera salgo todos los días.
Eso también nos permite seguir teniendo a la familia cerca y mantener nuestra vida social. Y además tenemos las mismas comodidades que teníamos en nuestro piso: luz y agua corriente, buen Internet, calefacción, a/a, etc.
Otro asunto a tener en cuenta es que en una casa con tanto terreno y mejoras pendientes siempre hay algo que hacer. Cuando no es barnizar una valla, es barrer hojas o podar un árbol. ¿Aburrirse aquí? ¡Imposible!
¿Cambio?
Hemos ganado en calidad de vida, eso es indudable. Pero en cuanto a las cuestiones «malas», aparte de que nos cuesta quince minutos más llegar a la ciudad y estamos un poco más entretenidos, el hecho de mudarnos al campo, aunque es todo un cambio, tampoco ha sido para tanto. Al fin y al cabo no hemos cambiado de trabajo ni de amigos.
Claro que, será otra historia cuando nos instalemos placas solares, el huerto sea lo suficientemente productivo y convenza a Hugo de tener gallinas (¡quiero huevos caseros siempre!).
En conclusión, llevamos cuatro meses viviendo en el campo y me da la sensación que nuestra vida en la ciudad fue solo un sueño. No lo echo de menos nada. Eso sí, después del invierno hablamos.😉


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